DOMINGO XII: La paz en medio de la tormenta
(Mc 4,36-39): “Se levantó un fuerte
huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él
estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: Maestro,
¿no te importa que nos hundamos? Se puso en pie, increpó al viento y dijo al
lago: ¡Silencio, cállate! El viento cesó y vi-no una gran calma”.
Nunca han faltado las
dificultades, ni personales ni sociales. Quizá lo que nos pasa en este momento
es que no sólo no tenemos fe sino que, además, tampoco sabemos historia. Si
miráramos al pa-sado, al colectivo y al nuestro particular, descubriríamos que
han existido muchos momentos en los que parecía que nuestra barca iba a
zozobrar y nos íbamos a hundir en medio de los remolinos del mar. Sin embargo,
no ha sucedido eso y después de la tormenta ha aparecido de nuevo el sol.
El problema no está, pues, en
el problema sino en cómo afrontamos el problema. Si lo afrontamos solos,
confiando exclusiva-mente en nuestras propias fuerzas o, como mucho, en la
ayuda que otros nos puedan dar, es posible que sí tengamos motivos para el
temor y la desesperanza. En cambio, si lo afrontamos unidos a Dios –como la
Iglesia e incluso nosotros mismos hemos hecho otras veces- entonces veremos
pasar la tormenta y descubriremos que, tras ella, el sol brilla con más fuerza.
Descubriremos que las dificultades nos han purificado, nos han sacado de la
modorra de la vida rutinaria, nos han unido al Señor, nos han hecho mejores.
Pero si, al no tener fe, perdemos la esperanza, entonces el miedo nos atenazará
y será cuando nos ahoguemos. Con Cristo podemos vencer, como de hecho hemos
vencido en tantas otras ocasiones. Sin él estamos condenados a hundirnos. Sólo
Cristo es nuestro Salvador y Él, realmente, es nuestro Salvador.
PROPÓSITO:
Recuperar la paz en medio de las dificultades a base de rezar más, de recordar
los problemas del pasado que, sin embargo, no nos hundieron, y de estar lo más
cerca posible del Señor.
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